Sábado, 02 Mayo 2026 18:43

Información, relato y cooperación: hacia una reinterpretación de las redes humanas

Escrito por Redacción

Melchisedech D. Angulo

​En la obra Nexus (2024), de Yuval Noah Harari, se propone un cambio de paradigma sobre cómo entendemos la comunicación en la sociedad contemporánea.

Frente a la visión tradicional que asume que el aumento de la información conduce inevitablemente a la verdad y al progreso, el autor advierte sobre la "idea ingenua de la información".

Históricamente, la acumulación de datos no siempre generó sabiduría; por el contrario, sirvió con frecuencia para estructurar sistemas de control, desinformación y ordenamiento social que no necesariamente responden a la realidad de los hechos, sino a la eficiencia de las redes que nos conectan.

​Bajo esta nueva óptica, la información se define como una categoría relacional y funcional. No se trata simplemente de un conjunto de datos objetivos, sino de un vínculo que adquiere significado dentro de un marco interpretativo compartido.

La función primordial de la información no es representar fielmente el mundo material, sino actuar como un mecanismo de coordinación.

Ejemplos como las leyes, los censos o los calendarios demuestran que la prioridad del flujo informativo es organizar el caos y permitir que miles de individuos actúen en sintonía, priorizando la operatividad sobre la veracidad ontológica.

​El pilar que sostiene esta cooperación masiva es el relato. Harari sostiene que los seres humanos lograron colaborar a gran escala gracias a su capacidad de crear ficciones intersubjetivas, como las religiones, las naciones o el sistema financiero.

Estas estructuras simbólicas funcionan como un "pegamento" que genera confianza entre desconocidos. Lo que otorga poder a un relato no es su exactitud científica, sino su credibilidad y su capacidad para ser compartido por una comunidad, permitiendo que las instituciones se legitimen y las jerarquías se mantengan estables a través del tiempo.

​Esta capacidad de "creer juntos" otorga a las sociedades una ventaja evolutiva y organizativa innegable. Las redes humanas que logran imponer narrativas sólidas coordinan mejor sus recursos y escalan su influencia con mayor rapidez.

Sin embargo, este fenómeno conlleva un riesgo sistémico: la cohesión social suele priorizarse por encima de la verdad. A menudo, los grupos humanos prefieren sostener ficciones que los mantienen unidos antes que aceptar verdades que podrían fragmentar la estructura de la red, lo que explica la persistencia de mitos ideológicos en pleno siglo XXI.

​En la era de la inteligencia artificial, esta reflexión cobra una vigencia alarmante. La tecnología actual permite procesar volúmenes de información sin precedentes, pero si estos flujos se desconectan de la búsqueda de la verdad para centrarse únicamente en la conectividad o la movilización, el riesgo de habitar realidades distorsionadas aumenta.

La información, entendida como herramienta de poder, es capaz de construir grandes civilizaciones, pero también de movilizar voluntades hacia desastres colectivos si los relatos que la sustentan pierden su anclaje ético y factual.

@_Melchisedech

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