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“El 7 de octubre de 2023, estaba seguro de que pagaríamos un precio muy alto y de que nuestras vidas acabarían destrozadas. Realmente lo sentía. Y es lo que ha sucedido”. Anwar al Shtat, desplazado desde entonces 12 veces de su Beit Hanún natal, en el norte de Gaza, malvive hoy, con 55 años, en una de las innumerables tiendas de campaña de la atestada capital. Relata su situación con una aguda sensación de olvido, en un espacio pequeño y oscuro junto a calles llenas de aguas residuales. “El mundo entero ve cómo vivimos y, sin embargo, se queda de brazos cruzados.
Culpo a los países árabes y también a los dirigentes de las facciones palestinas que están fuera de Gaza. Nuestro destino y nuestras vidas han quedado en manos de esas facciones, pero nadie hace lo suficiente para poner fin a nuestro sufrimiento. Israel no cede, Hamás no cede y el mundo entero nos trata como si no fuéramos seres humanos. A veces siento que solo se acuerdan de nosotros durante el día. Luego, cuando se van a dormir por la noche, dejamos de pasarles por la mente”.
Tres años después del ataque de Hamás, que se cumplen justo este miércoles, los más de dos millones de gazatíes siguen sufriendo las consecuencias de la brutal reacción del Gobierno de Benjamín Netanyahu: primero con bombardeos masivos que llegaron a matar 1.000 personas en un solo día y, luego, con una invasión terrestre que se convirtió en sinónimo de desplazamientos forzosos y de hambre en medio del fuego. Aunque coinciden en maldecir a Israel y a buena parte del mundo (en particular a los países árabes, una frecuente diana verbal) por haberse puesto de perfil, algunos critican también —de forma más o menos sutil— a Hamás por lanzar un ataque que ha acabado convirtiendo sus días en un infierno.
Es el caso de Malak Abu Shamlah, que a sus 22 años ha quedado viuda y a cargo de dos hijos. “Creo que el 7 de octubre fue un peligro. Que no se dieron cuenta de las consecuencias de lo que nos sucedería después de ese día”, lamenta sin esconder su enfado con todo y todos.
Abu Shamlah recuerda el “miedo a lo que vendría” que sintió mientras escuchaba el “caos” y el sonido de decenas de cohetes lanzados contra Israel, un señuelo para favorecer la desactivación de los mecanismos de vigilancia, facilitar la entrada masiva de milicianos y el derribo de la barrera fronteriza. “La guerra ha destrozado nuestras vidas”, sentencia.
Como si el tiempo se hubiese detenido en Gaza, su población sigue sin agua corriente ni electricidad tras casi un año de alto el fuego más teórico que práctico, porque Israel continúa bombardeando a diario (causando más de 1.460 muertos) y paraliza la reconstrucción.
Cientos de miles aún viven en tiendas de campaña y dependen de la ayuda humanitaria y de las organizaciones caritativas. Primero, la tregua y, luego, la guerra de EE UU e Israel contra Irán han sacado a Gaza de la lista de prioridades de las cancillerías. Aún hoy, la mayoría de la gente tiene menos de seis litros de agua diarios para uso doméstico y un acceso limitado a artículos básicos de higiene, como jabón, según recuerda el responsable de actividades médicas en Gaza de la ONG Médicos sin Fronteras, Murad Asaliyya, en un comunicado con motivo de la efeméride.
Por eso, Abu Shamlah subraya que no ha perdido solo a su marido —que era la fuente familiar de ingresos, como peluquero—, sino también “la capacidad de sentir”. “Ya no siento felicidad ni tristeza. Me siento perdida, como si ya no tuviera sentimientos hacia nada”, dice. “Culpo a todos los países que no nos han apoyado. Si hubieran estado a nuestro lado y nos hubieran ayudado desde el principio, tal vez no habríamos llegado a este punto de desesperación y destrucción”.
La devastación de Gaza ha modificado la percepción sobre Hamás entre los palestinos. Su popularidad ha caído al 33% en Gaza y al 18% en Cisjordania.
El Centro Palestino de Investigación de Políticas y Encuestas, con sede en la ciudad cisjordana de Ramala, mostraba en su sondeo de agosto cómo únicamente un quinto de los palestinos cree la narrativa épica del movimiento islamista de que ha salido victorioso frente a Israel. Aunque Hamás la alimenta estos días, difundiendo vídeos inéditos y gestas de sus milicianos, es la mitad que hace diez meses, cuando arrancó la tregua.
Esto no significa que los gazatíes aboguen por un acercamiento a Israel tras el dolor que les ha infligido. Su percepción, de hecho, está muy condicionada por la idea de resistencia y autodefensa. Así, según el sondeo, un 72% se opone a que las milicias palestinas entreguen las armas antes de que Israel retire completamente sus tropas de Gaza, como les exige Netanyahu y la Junta de la Paz que preside Donald Trump y supervisa el alto el fuego. Los hutíes de Yemen, la milicia libanesa Hezbolá e Irán gozan de niveles de aceptación relativamente altos.
Aliya al Ansari, también desplazada desde el norte hasta Ciudad de Gaza, reparte culpas, pero no por igual: “En primer lugar, a Israel, que ha matado a muchos palestinos a lo largo de los años, incluso antes del 7 de octubre, por lo que no necesitaba una excusa para matarnos”. En un territorio donde los cadáveres bajo los escombros se calculan entre 8.000 y 10.000 (Israel impide la entrada de maquinaria pesada para retirarlos), Al Ansari no sabe dónde está uno de sus hijos, ni su yerno.
Como muchos otros gazatíes, carga también contra “todos” los países árabes, parte de los cuales combatieron del lado palestino en tres guerras contra Israel (1948-1949, 1967 y 1973) y centran ahora su acción en la ayuda humanitaria, los comunicados de protesta y la mediación. Los cinco que reconocen a Israel (Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Bahréin) han mantenido las relaciones diplomáticas durante estos tres sangrientos años. Rabat, de hecho, las ha profundizado.
Al Ansari padece diabetes y comparte con otras 19 personas una carpa que se inunda con las lluvias. “Para mí, personalmente, el 7 de octubre fue una gran catástrofe. Nuestras vidas han dado un vuelco total desde aquel día”, afirma.
Aún más grave es que su situación puede empeorar a corto plazo, en vez de mejorar. Este mismo martes, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha asegurado —sin presentar pruebas— que Hamás intentará “influir” en las elecciones del próximo día 27 lanzando un ataque, al que Israel respondería con una “fuerza abrumadora”. Su ministro de Defensa, Israel Katz, ha ido más lejos: si un solo soldado israelí resulta dañado, no solo Hamás, sino también “la población de Gaza”, pagarán “un alto precio, fuera de toda proporción”.
“La gente fuera de Gaza cree que la guerra ha terminado, pero para nosotros no es así. Cada día hay asesinatos y bombardeos, y sentimos que la muerte puede alcanzarnos en cualquier instante. El desplazamiento, el hambre y el sufrimiento nos han dejado agotados”, resume Al Ansari. “Nuestra situación es indescriptible”.
