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Del Poder Mundial a la Cancha del Puebla
En Línea Deportiva
Amigo lector, unos gobiernan el fútbol; otros prometen transformarlo y otros responden frente al marcador. Parecen asuntos distintos. No lo son.
El dinero compra tiempo; las palabras despiertan expectativas. Pero queda una pregunta: ¿qué se está consiguiendo?
Vayamos por partes.
I. UEFA: SE ACABÓ EL TIEMPO DE LAS PALABRAS
Amigo lector, durante tres meses UEFA tuvo tiempo para cuestionar, exigir explicaciones y poner contra las cuerdas a Gianni Infantino.
Pero ni Aleksander Čeferin ni sus aliados pueden detener el reloj.
Mañana, 2 de noviembre, vence el plazo que UEFA fijó para recibir las respuestas de FIFA a 42 preguntas sobre su administración. Y el 18 de noviembre se cierra el registro de candidaturas para disputar la presidencia del organismo mundial.
Dos fechas. Dos desafíos distintos.
Porque una cosa es exigir cuentas al presidente y otra presentar a quien pretende sustituirlo.
¿Y QUIÉN PUEDE SER?
La baraja de posibles aspirantes sigue abierta. Ramón Vega asegura contar con cinco avales federativos, aunque todavía no conocemos públicamente quiénes lo respaldan. Arsène Wenger, actualmente dentro de la estructura de FIFA, ha sido mencionado sin anunciar candidatura, mientras que David Beckham permanece en el terreno del rumor.
Y Victor Montagliani, quien llegó a perfilarse como alternativa, parece concentrado ahora en su propia reelección al frente de la Concacaf.
Hay un detalle importante.
Se ha planteado la posibilidad de que Montagliani enfrente dificultades para conservar la presidencia de Concacaf después de su confrontación con Infantino. No conocemos un adversario electoral confirmado ni pruebas de una operación para desplazarlo.
Mientras tanto, The Guardian informó el jueves que UEFA estaría cerca de identificar a su candidato.
Incluso comienza a discutirse un escenario que hace unos meses parecía improbable: que Infantino termine presentándose sin un adversario formalmente inscrito.
No nos confundamos.
Una cosa es encontrar un nombre; otra, reunir avales y convencer a las federaciones que votarán en marzo de 2027.
NO BASTA CON DECIR QUÉ ESTÁ MAL
La UEFA ha presentado una agenda de reformas: independencia de los órganos de control, transparencia comercial y límites a la concentración de decisiones.
Pero necesita convertirlas en un proyecto capaz de convencer fuera de Europa.
Y aquí entra el dinero.
Infantino ha anunciado un programa de solidaridad que contempla 6,350 millones de dólares para el próximo ciclo, con asignaciones previstas de 25 millones por asociación, todavía sujetas a procedimientos y aprobaciones.
UEFA también propone mayores recursos y controles para su distribución.
¿Quién financiará los compromisos, quién los supervisará y qué garantías tendrán las asociaciones pequeñas?
Amigo lector, una cosa es señalar las goteras de una casa y otra muy distinta presentar los planos, el presupuesto y el equipo que habrá de repararla.
Porque cuestionar al poder exige argumentos.
Aspirar a ejercerlo exige un proyecto.
LOS INCONFORMES NO SON NECESARIAMENTE VOTOS OPOSITORES
Mire usted lo ocurrido en Asia.
Sheikh Salman pasó de acompañar los cuestionamientos contra Infantino a respaldar su reelección. El príncipe Alí de Jordania cuestionó el procedimiento del Congreso asiático, mientras que en Japón, Takeshi Okada renunció a la vicepresidencia de su federación en medio de discrepancias sobre la conducción del fútbol internacional.
Nada de esto significa que Asia votará como un bloque, pero tampoco convierte automáticamente a los inconformes en electores opositores.
La FIFA reúne a 211 asociaciones, de las cuales 55 pertenecen a Europa. En una elección entre dos candidatos y con participación completa, la mayoría absoluta exige 106 votos.
Y esos votos no se consiguen con cartas de inconformidad. Hay que convencer a quienes los emiten.
EL DINERO YA ENTRÓ. AHORA LA PREGUNTA ES QUIÉN MANDA.
Mientras la UEFA busca candidato, crece la entrada de capital privado al fútbol mundial.
Recordemos FIFA Forward Enterprise.
Infantino pretendía captar hasta 4,200 millones de dólares mediante la venta de aproximadamente el 20% de una filial que administraría negocios comerciales de FIFA, con Thrive Capital, de Joshua Kushner, entre los inversionistas principales.
El proyecto fue retirado después de la oposición encabezada por la UEFA.
Ahora mire hacia Madrid.
Florentino Pérez también ha planteado abrir una filial del Real Madrid a inversionistas externos, mediante una participación minoritaria cercana al 5%, preservando, según su propuesta, el control del club por sus socios.
No son operaciones idénticas. La FIFA es una federación internacional y el Real Madrid es un club de socios, sujeto a un marco jurídico diferente.
Ambas buscan incorporar capital privado a negocios deportivos controlados por instituciones que no son sociedades mercantiles convencionales.
Y aquí aparece Anas Laghrari, figura vinculada al proyecto de la Superliga y al entorno financiero de Florentino Pérez, cuyo papel en las posibles operaciones merece una investigación propia.
Los fondos de inversión privada ya participan en clubes, estadios y derechos audiovisuales. Nos guste o no, el fenómeno está aquí. Y el verdadero debate no consiste solamente en cuánto dinero pretenden invertir, sino qué derechos económicos y de control adquieren sobre instituciones deportivas.
¿Quién es el dueño del fútbol, quién lo gobierna y quién se queda con sus beneficios?
Y esa pregunta conecta a FIFA, UEFA, Real Madrid y muchos otros protagonistas.
Cuando el dinero llega al fútbol, preguntemos quién lo aporta, quién lo administra y qué recibe a cambio.
Ahora miremos a México.
La FMF anunció un Fondo de Solidaridad. Su nombre suena generoso; sus condiciones merecen examen.
II. UN FONDO SOLIDARIO… ¿PARA DESARROLLO DE FUTBOLISTAS SUB-15 O SOLO UN SALVAVIDAS PARA NO MORIR AHOGADO?
En el fútbol mexicano acaba de aparecer una zanahoria.
Parece destinada a tranquilizar a cinco propietarios enfrentados con la FMF.
Pero cuidado.
Después de escuchar a Javier Tejado, quizá descubramos que la zanahoria no estaba destinada a quienes todos imaginábamos.
Quizá detrás exista otra historia.
EL G17, EL G5 Y EL G8
El viernes 30 de octubre, la FMF anunció la creación de un Fondo de Solidaridad para los clubes de la Liga de Expansión.
A un lado de la cancha está el G17: dieciocho equipos de Primera División concentrados en diecisiete grupos propietarios, considerando la multipropiedad de Grupo Pachuca. Ahí se concentran dinero, poder y decisiones.
Enfrente está el G5: Leones Negros, Atlético Morelia, Atlético La Paz, Cancún y Mineros, que mantienen abiertos distintos procedimientos para reclamar el regreso del ascenso y descenso.
Y después aparece el G8: ocho clubes de Expansión ajenos al G5 y a los grupos de Primera División excluidos de nuestra clasificación.
Unos confrontan. Otros observan.
Todos tienen intereses.
¿DE QUÉ TAMAÑO ES LA ZANAHORIA?
En 2020, cuando se suspendió el ascenso y descenso, se estableció un apoyo de veinte millones de pesos anuales para cada uno de los doce clubes originalmente contemplados.
Doscientos cuarenta millones al año.
Ahora, AS México reporta que el nuevo fondo podría rondar los cien millones de pesos, cifra que la FMF no ha confirmado oficialmente ni ha precisado si corresponde a un ejercicio anual.
Si fueran cien millones anuales repartidos entre dieciséis clubes, tocarían seis millones doscientos cincuenta mil pesos por institución.
Menos de la tercera parte del apoyo individual original.
¿Es una compensación para Expansión o un incentivo para que el G5 abandone sus litigios?
En México, el SAT, el IMSS y el INFONAVIT contemplan programas extraordinarios donde determinados beneficios pueden exigir desistirse de impugnaciones relacionadas con los adeudos beneficiados.
No son disposiciones automáticamente aplicables al fútbol, pero recuerdan que los apoyos negociados pueden tener contraprestaciones.
Hasta ahora no existe una cláusula pública semejante en el nuevo fondo.
Pero tampoco olvidemos los subsidios suspendidos durante litigios anteriores.
Y, amigo lector, resulta difícil pretender comerse la zanahoria mientras se conserva un garrote para golpear al dueño del pesebre.
Sin embargo, hay un detalle que cambia nuestra perspectiva.
JAVIER TEJADO Y LA NOTICIA ANTES DE LA NOTICIA
El viernes por la mañana, Javier Tejado anticipó en «Así las Cosas», con Gabriela Warkentin, el anuncio que posteriormente realizaría la Federación.
Y no hablamos de un comentarista cualquiera.
Tejado es una figura estrechamente vinculada a la estructura de comunicación de Televisa y conocedora de los círculos donde se toman decisiones relevantes para el fútbol mexicano.
Lo revelador fue cómo lo presentó.
Primero habló de Gianni Infantino y del torneo juvenil organizado en Azerbaiyán.
Después recordó el respaldo de México al presidente de FIFA y la importancia política del desarrollo futbolístico.
Y entonces introdujo el Fondo de Solidaridad.
Explicó que los clubes de Primera División entregarán recursos a los equipos de Expansión para preparar nuevos futbolistas y fortalecer las canteras.
Posteriormente volvió a relacionar el futuro del fútbol mexicano con la formación de jóvenes y la política internacional de FIFA.
No habló del TAS.
No habló de compensar al G5.
Habló de formar futbolistas.
Esa diferencia importa.
¿Y SI EL VERDADERO PROYECTO ES OTRO?
Amigo lector, no nos confundamos.
Una cosa es entregar dinero para que dieciséis clubes sobrevivan económicamente. Otra muy distinta es convertirlos en una red de desarrollo deportivo distribuida por distintas regiones del país.
Imaginemos un programa nacional que aproveche instalaciones, entrenadores y estructuras de los clubes de Expansión para identificar talentos desde edades tempranas, particularmente en categorías Sub-15, y acercar el deporte a comunidades donde representa una oportunidad de desarrollo y prevención social.
¿Y si detrás existiera una coordinación de mayor alcance entre los propietarios del fútbol mexicano, la Federación y el Gobierno Federal, vinculada también con los programas internacionales de FIFA?
No estamos afirmando que exista un convenio firmado con Presidencia ni que FIFA haya destinado recursos específicos a este fondo. Tampoco se ha anunciado oficialmente que sus beneficiarios deban ser exclusivamente futbolistas Sub-15.
La secuencia de Tejado abre otra hipótesis, no una confirmación de acuerdos institucionales.
¿Estamos ante un apoyo para los clubes de Expansión o ante el financiamiento de una estructura nacional de formación de futbolistas?
Si fuera lo segundo, el G5 sería parte de un proyecto mayor.
Expansión podría operar una red regional de formación, más allá del ascenso.
¿Y LOS QUE QUIEREN LLEGAR A PRIMERA?
Eso no elimina las aspiraciones del G5.
Pero que exista ascenso deportivo no significa que necesariamente se consiga.
Atlante descendió en 2014. Correcaminos llevaba veintitrés años fuera de Primera para 2018. Dorados tardó nueve años en regresar después de su descenso de 2006 y volvió a perder la categoría en 2016.
El último ascenso deportivo fue el de Atlético de San Luis en 2019.
Nadie puede garantizar que alguno de los cinco clubes litigantes habría conseguido ascender durante estos años.
Si su aspiración empresarial es poseer una franquicia de Liga MX, existe la posibilidad de adquirir una, siempre que encuentren vendedor y cumplan los requisitos correspondientes.
Pero si consideran que permanecer en Expansión ya no tiene sentido económico, también pueden explorar su venta.
Aunque una cosa es lo invertido y otra lo que un comprador estaría dispuesto a pagar.
EL HERMANO DEL FONDO SOLIDARIO
Y aquí llegamos al último detalle, amigo lector.
Si el Fondo de Solidaridad termina convirtiéndose en un instrumento de desarrollo deportivo, quienes quieran participar podrían encontrar una nueva función para sus clubes.
¿Y quienes no deseen continuar?
Propongo otro fondo.
EL FONDO DE RECOMPRA DE FRANQUICIAS DE LA FEMEXFUT.
Un mecanismo voluntario, con valuaciones independientes, compradores identificados y condiciones transparentes, para quienes consideren que su permanencia en Expansión ya no representa una oportunidad empresarial.
Porque si unos quieren quedarse, que se queden; si otros quieren desarrollar futbolistas, que lo hagan.
Y si algunos consideran que su futuro empresarial está fuera de esta categoría, ¿por qué no facilitarles una salida?
Quizá hemos pasado demasiado tiempo discutiendo cuánto dinero necesita una liga para no morir ahogada, cuando la pregunta verdaderamente importante podría ser cuánto vale construir una nueva generación de futbolistas mexicanos.
¿A que no lo había pensado, amigo lector?
Le aseguro que no lo había pensado.
De los fondos pasemos a los puntos.
En Puebla también se habla de transformación. Pero aquí cada jornada deja cifras.
Y una pregunta para Gerardo Espinoza.
III. EL ORDEN DE LOS FACTORES SÍ ALTERA EL PRODUCTO
GERARDO ESPINOZA QUIERE CAMBIAR LA MENTALIDAD DEL PUEBLA... LOS NÚMEROS DIRÁN SI LO ESTÁ CONSIGUIENDO
Amigo lector:
Hay declaraciones que sirven para explicar un partido.
Otras permiten examinar un proceso.
Gerardo Espinoza dejó una tras perder ante Pumas.
Reconoció que al Puebla le ha pesado responder precisamente en los partidos «cuando tiene que ganar».
Pero dijo algo todavía más profundo:
«No es sencillo cambiar esta mentalidad en la institución».
Y ¿sabe usted una cosa?
Estoy completamente de acuerdo con él.
Cambiar jugadores puede tomar semanas.
Cambiar un sistema puede tomar partidos.
Cambiar un entrenador puede tomar una tarde.
Pero cambiar la mentalidad de una institución...
Eso puede tomar años.
Pero reconocer ese desafío abre otra pregunta:
¿lo está consiguiendo?
Los equipos ganadores no solo ganan cuando pueden.
Ganan cuando tienen que ganar.
Ahí está una de las diferencias entre competir y trascender.
Puebla ha demostrado durante este torneo que puede competir.
Ha sabido incomodar.
Ha resistido.
Ha reaccionado.
Ha tenido lapsos de buen fútbol.
Pero cuando el contexto convierte el partido en obligación...
algo ocurre.
No hace falta volver a narrar Atlas o Pumas.
Ya vimos esos partidos.
La pregunta es otra.
Después de quince jornadas de Liga y una Leagues Cup bajo su responsabilidad... ¿Qué dicen realmente los números de Gerardo Espinoza?
Permítame.
Puebla ha disputado bajo su gestión 18 partidos oficiales entre ambas competencias: cuatro victorias, cuatro empates y diez derrotas.
Ha marcado 21 goles.
Ha recibido 34.
Diferencia:
menos 13.
A tres puntos por victoria y uno por empate, son 16 de 54 posibles.
29.6% DE EFECTIVIDAD.
Promedio:
0.89 PUNTOS POR PARTIDO.
Sí, leyó usted bien.
Después de 18 partidos oficiales, Gerardo Espinoza no alcanza siquiera un punto por encuentro dirigido.
No es una opinión.
No es una campaña.
Mucho menos una sentencia para correr al entrenador.
Es un dato.
Y los números, amigo lector...
tienen la mala costumbre de no aceptar explicaciones.
Pero el total tampoco cuenta toda la historia.
Dos entrenadores pueden sumar igual y construir equipos distintos.
Ahí aparece algo todavía más interesante.
Al dividir el torneo de Liga del Puebla en bloques, la dirección de la curva no necesita demasiada interpretación: comenzó produciendo 66.7% de los puntos disponibles, cayó después a 33.3%, volvió a descender hasta 16.7% y abrió su último tramo con derrotas frente a Atlas y Pumas: cero de seis.
66.7.
33.3.
16.7.
La dirección es evidente.
Va hacia abajo.
Pidamos permiso a las matemáticas. Nos enseñaron que:
el orden de los factores no altera el producto.
En el fútbol...
SÍ LO ALTERA.
Imagine usted dos entrenadores.
Los dos terminan consiguiendo los mismos puntos.
Los mismos porcentajes.
El mismo total.
Pero uno recorre esta secuencia:
8% → 16% → 33% → 66%.
Y el otro:
66% → 33% → 16% → 8%.
¿Son el mismo proceso?
Por supuesto que no.
El primero comenzó abajo.
Encontró respuestas.
Corrigió.
Aprendió.
Construyó.
Y terminó entregando un equipo mejor del que comenzó.
El segundo hizo el camino contrario.
Comenzó encontrando respuestas...
y terminó perdiéndolas.
Mismos números.
Mismo producto aritmético.
Distinta dirección.
Uno se llama evolución.
El otro...
deterioro.
Por eso, amigo lector:
LA TABLA DICE CUÁNTOS PUNTOS CONSIGUIÓ UN ENTRENADOR.
LA CURVA DICE QUÉ EQUIPO ENTREGÓ AL FINAL DEL PROCESO.
Y ahí comienza la verdadera evaluación de Gerardo Espinoza.
Volvamos entonces a su declaración.
Espinoza dice que no es sencillo cambiar la mentalidad de una institución.
Tiene razón.
Pero no nos confundamos.
Esa verdad tampoco puede convertirse en coartada.
Si llegó para transformar costumbres, observemos hacia dónde se mueve el equipo.
Y entonces aparece una pregunta incómoda.
Muy incómoda.
¿ESPINOZA ESTÁ CAMBIANDO LA MENTALIDAD DEL PUEBLA... O EL PUEBLA ESTÁ CAMBIANDO LA MENTALIDAD DE ESPINOZA?
No lo digo como burla.
Mucho menos como sentencia.
Los procesos también transforman a quien intenta transformarlos.
Un entrenador puede llegar exigente...
y terminar acostumbrándose poco a poco a destacar que su equipo compitió.
Que luchó.
Que mejoró.
Que tuvo buenas sensaciones.
Aunque no haya ganado.
Ahí está el peligro.
Porque Puebla necesitaba aprender a competir.
Sí.
Pero después tenía que aprender a ganar.
Y después de 18 partidos oficiales...
esa materia continúa pendiente.
¿Significa esto que Gerardo Espinoza debe irse hoy?
No.
Todavía no.
Sería adelantarnos al examen.
Quedan Querétaro y Atlético de San Luis.
Seis puntos.
Y la vara debe quedar establecida antes de conocer los resultados.
Cuatro o seis puntos mostrarían una reacción.
Dos o tres evitarían el colapso absoluto, aunque confirmarían un cierre pobre.
Cero o uno convertirían la discusión sobre su continuidad en algo bastante más serio.
Después veremos.
Entonces habrá tiempo para abrir otros expedientes.
Plantel.
Armado.
Responsabilidades.
Estructura.
Hoy no.
Hoy estamos hablando del entrenador...
y de la dirección de su proceso.
Tras quince jornadas de Liga y tres partidos de Leagues Cup, ya no basta contar puntos. Preguntemos:
¿QUÉ PUEBLA RECIBIÓ?
¿QUÉ PUEBLA CONSTRUYÓ?
¿Y QUÉ PUEBLA VA A ENTREGAR AL TERMINAR LA JORNADA 17?
Querétaro y San Luis son el último examen.
Seis puntos.
Ahí estará la respuesta.
Cambiar la mentalidad de una institución es dificilísimo.
En eso, Gerardo Espinoza tiene toda la razón.
Pero para transformar una mentalidad acostumbrada a perder...
en algún momento hay que comenzar por algo bastante elemental.
GANAR.
MIENTRAS TANTO, NOSOTROS... VEREMOS Y DIREMOS.
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EL PESO DE UNA DECISIÓN
EN LÍNEA DEPORTIVA
Pepe Hanan
Tomar una decisión nos lleva un instante. Sus consecuencias pueden acompañarnos el resto de la vida.
Amigo lector:
Permítame hacerle una pregunta.
¿Cuánto tiempo cree usted que dura una mala decisión?
¿Noventa minutos?
¿Una semana?
¿Un torneo?
¿Un Mundial?
Durante mucho tiempo pensé exactamente lo mismo.
Hasta que entendí que tomar una decisión nos lleva apenas unos segundos.
Pero vivir con sus consecuencias puede llevarnos toda una vida.
Y entonces descubrí algo que jamás había visto con tanta claridad.
Las malas decisiones no nos persiguen para castigarnos.
Nos acompañan hasta descubrir si, con el paso del tiempo, nos convertimos en la persona capaz de tomar una mejor decisión.
Ésa, amigo lector, es la verdadera fortuna de tener otra oportunidad.
No la oportunidad en sí.
Sino el hombre en el que nos convertimos mientras ella llega.
Porque esperar depende del destino.
Prepararse depende exclusivamente de nosotros.
Y aquí es donde comienza realmente esta historia.
Durante varias semanas hemos recorrido juntos un camino apasionante.
Primero hablamos de entrenadores.
Después descubrimos a los Seleccionadores.
Carlos Bilardo nos enseñó que un Mundial rara vez pertenece al equipo que mejor juega.
Generalmente termina perteneciendo al que mejor sobrevive.
Carlos Alberto Parreira convirtió la paciencia en un campeonato.
Vicente del Bosque nos recordó que administrar un grupo siempre será mucho más complejo que administrar un sistema táctico.
Lionel Scaloni demostró que una derrota frente a Arabia Saudita podía transformarse en el primer paso hacia la gloria.
Y mientras analizábamos a cada uno de ellos apareció una pregunta que terminó cambiando por completo mi forma de entender este deporte.
¿Qué hace realmente diferente a un Seleccionador?
Mire usted,
Durante mucho tiempo pensé que era la táctica.
Después creí que era la experiencia.
Más tarde imaginé que todo dependía del liderazgo.
Hoy estoy convencido de que la respuesta es otra.
Los entrenadores toman decisiones.
Los Seleccionadores viven con las consecuencias.
Y créame...
No es lo mismo.
Hay decisiones que duran noventa minutos.
Hay otras que duran una carrera.
Y existen algunas que acompañan a un hombre durante veinticuatro años.
Aquí es donde quiero detenerme un momento.
Porque a partir de ahora dejaremos de hablar del entrenador Javier Aguirre.
Vamos a hablar del hombre, del ser humano.
Hace veinticuatro años abandonó una Copa del Mundo acompañado por dos decisiones que él mismo, muchos años después, reconocería públicamente como equivocadas.
Pudo hacer lo que normalmente hacemos todos cuando el fracaso nos visita.
Buscar culpables.
Hablar del árbitro.
Hablar de la mala suerte.
Hablar del rival.
Hablar de las circunstancias.
No lo hizo.
Aceptó el error.
Y cuando un hombre acepta un error ocurre algo extraordinario.
Deja de discutir con el pasado.
Y comienza a prepararse para el futuro.
Muchos piensan que Javier Aguirre pasó veinticuatro años esperando otra oportunidad.
Yo no.
Estoy convencido de que hizo algo mucho más inteligente.
Se preparó por si algún día regresaba.
Mientras algunos esperan que la vida cambie...
Otros cambian para cuando la vida vuelva.
Ésa ha sido, probablemente, la mayor victoria de Javier Aguirre.
Cada entrenamiento.
Cada vestidor.
Cada permanencia conseguida.
Cada descenso evitado.
Cada discusión.
Cada triunfo.
Cada derrota.
Cada error.
Cada acierto.
Todo fue construyendo al hombre que hoy vuelve a encontrarse frente a una puerta que muy pocas veces se abre dos veces en la vida.
Por eso llevo varios días escuchando con atención cada conferencia de prensa del Vasco.
Muchos buscan la alineación.
Otros intentan descubrir el sistema táctico.
Yo he preferido escuchar otra palabra.
Familia.
La repite una y otra vez.
Y no creo que sea casualidad.
Una familia comparte el esfuerzo.
Comparte el sacrificio.
Comparte la responsabilidad.
Cuando uno cae, otro aparece.
Cuando uno duda, alguien más cree por él.
Cuando uno ya no puede correr, otro corre ese metro que hace falta.
Eso no nace el día del partido.
Eso se construye durante meses.
Y aquí aparece otro personaje del que casi nadie habla.
Mientras todos observamos a Javier Aguirre dando instrucciones desde la zona técnica, existe un trabajo silencioso que pocas veces aparece en las cámaras.
El de Imanol Ibarrondo.
Muchos aficionados quizá no identifiquen su nombre.
Sin embargo, dentro de esta Selección desempeña una función tan importante como la estrategia o la preparación física.
Porque cuando las piernas empiezan a cansarse y la presión aumenta, el partido deja de jugarse únicamente en la cancha.
Empieza a jugarse en la mente.
Imanol no trabaja con sistemas tácticos.
Trabaja con personas.
Con la confianza.
Con el sentido de pertenencia.
Con la capacidad de un grupo para mantenerse unido cuando aparece la adversidad.
Y ahí vuelve a cobrar sentido una palabra que Javier Aguirre repite constantemente.
Familia.
No es un discurso.
Es una herramienta de supervivencia.
Porque cuando veintiséis voluntades consiguen fundirse en una sola...
La confianza termina convirtiéndose en fe.
Y cuando un grupo alcanza ese estado, deja de ser solamente una Selección.
Empieza a comportarse como una verdadera familia.
Y aquí viene una historia que muy pocos aficionados conocen, pero que ayuda a entender cómo nacen algunos grandes Seleccionadores.
En 1974, durante la concentración de Alemania en Malente, ocurrió algo que no figuró en ninguna alineación.
Después de una dolorosa derrota, Helmut Schön atravesó uno de los momentos más difíciles de su gestión. La presión, la incertidumbre y el desgaste comenzaron a reflejarse en el propio Seleccionador, afectando la estabilidad emocional del grupo.
Nadie le quitó el cargo.
Nadie puso en duda su autoridad.
Pero dentro del vestidor comenzó a suceder algo extraordinario.
Franz Beckenbauer empezó a asumir un liderazgo natural.
No desplazó a Helmut Schön.
Lo sostuvo.
Los jugadores comenzaron a mirar al capitán con la misma confianza con la que seguían escuchando al Seleccionador.
Y Helmut Schön tuvo la inteligencia que sólo tienen los grandes líderes.
Comprendió que aquel liderazgo no debilitaba su autoridad.
La fortalecía.
Desde ese momento dejaron de existir dos liderazgos enfrentados.
Nació una sola dirección.
Alemania terminó conquistando la Copa del Mundo.
Años más tarde, aquel capitán que había aprendido a conducir un vestidor terminó convirtiéndose en Seleccionador de Alemania y también levantó una Copa del Mundo desde el banquillo.
Los grandes Seleccionadores no nacen el día que reciben un nombramiento.
Empiezan a formarse el día que un vestidor decide seguirlos sin necesidad de que nadie se los ordene.
¿Puede un gran capitán convertirse en un gran Seleccionador?
La historia de Franz Beckenbauer respondió que sí.
Quizá algún día la historia también responda lo mismo sobre Rafa Márquez.
Y aquí aparece otra diferencia enorme.
El entrenador desarrolla futbolistas.
El Seleccionador reúne hombres capaces de sufrir... y sobrevivir... juntos.
Porque los Mundiales nunca premian al equipo que menos sufre.
Premian al que sabe sufrir mejor.
Bilardo lo entendió.
Parreira también.
Del Bosque jamás dejó de creerlo.
Scaloni terminó confirmándolo en Qatar.
Ahora le corresponde demostrarlo a Javier Aguirre.
No perdamos de vista algo amigo lector.
Cuando hablamos de un partido de eliminación directa, la mayoría imagina noventa minutos de fútbol.
Yo veo algo completamente distinto.
Veo una sucesión de decisiones.
Y cada una de ellas tiene un dueño diferente.
Los primeros treinta minutos pertenecen casi por completo al Seleccionador.
Ahí se pone a prueba todo aquello que imaginó durante semanas.
La presión.
Las coberturas.
Las vigilancias.
Los recorridos.
Los espacios.
Las fortalezas propias.
Las debilidades del rival.
Todo eso ya fue jugado muchas veces antes de que el árbitro haga sonar su silbato.
Después llega el futbolista.
Llega el carácter.
Llega la personalidad.
Llega la capacidad para convertir una idea en realidad.
Porque ningún plan, por brillante que sea, puede sobrevivir sin once hombres convencidos de ejecutarlo.
Y entonces aparece uno de los momentos más fascinantes que tiene un Mundial.
El descanso.
Quince minutos.
Nada más.
Quince minutos que muchas veces separan la gloria del fracaso.
Los orgullosos utilizan el medio tiempo para justificar lo que salió mal.
Los grandes Seleccionadores lo utilizan para corregirse.
Una vez que el rival ya mostró sus fortalezas y sus debilidades hay que contrarrestar las primeras y desfondar las segundas.
Permítame hacer memoria.
Brasil 2014.
Mientras millones de mexicanos seguimos discutiendo el penal sobre Arjen Robben, Louis van Gaal ya estaba jugando otro partido.
La famosa pausa de hidratación no significó únicamente agua.
Significó tiempo.
Tiempo para corregir.
Tiempo para reorganizar.
Tiempo para cambiar la historia.
Muchos vimos una pausa.
Van Gaal vio una oportunidad.
Y ahí está una de las grandes diferencias entre un entrenador y un Seleccionador.
Los entrenadores administran minutos.
Los Seleccionadores administran momentos.
Porque los Mundiales rara vez se deciden en las jugadas que todos recuerdan.
Con frecuencia se deciden en esos pequeños instantes que casi nadie alcanza a ver.
Después llega el minuto setenta.
Y el partido vuelve a cambiar de dueño.
Aquí aparece uno de los personajes más importantes... y, al mismo tiempo, uno de los menos reconocidos.
El preparador físico.
Sí.
Ese hombre que casi nunca aparece levantando la Copa.
Pero cuyo trabajo puede terminar sosteniendo un sueño.
Porque cuando las piernas empiezan a pesar...
Cuando los pulmones arden...
Cuando los músculos dejan de responder...
Ya no alcanza con la táctica.
Hace falta algo más.
Ahí aparece Pol Lorente.
Y aunque pocos hablen de él, una parte importante de las posibilidades de México también descansan sobre su trabajo.
Si esta Selección llega con fuerza al minuto 105...
Si todavía tiene piernas cuando el rival comienza a quedarse sin ellas...
Para cerrar con un ímpetu fuera de toda lógica los últimos 15 minutos.
No será producto de la casualidad.
Será el resultado de cientos de entrenamientos que muy pocos observaron.
Ésa también será una victoria.
La victoria silenciosa del preparador físico.
Pero tampoco nos confundamos.
Ni siquiera la mejor preparación física garantiza sobrevivir.
Porque siempre llega un momento donde el cuerpo deja de responder.
Y entonces solamente queda aquello que ningún laboratorio puede medir.
La mente.
Siempre la mente.
¿Por qué algunos equipos siguen corriendo cuando parece imposible hacerlo?
¿Por qué algunos futbolistas encuentran fuerzas donde aparentemente ya no existen?
La respuesta no siempre está en los músculos.
Muchas veces está en la convicción.
Y aquí vuelve a aparecer esa palabra que Javier Aguirre ha repetido una y otra vez durante este Mundial.
Familia.
No creo que la utilice por casualidad.
Tampoco por romanticismo.
La utiliza porque entiende algo que los grandes Seleccionadores han comprendido desde hace décadas.
La confianza también se entrena.
La unidad también se construye.
Y la fe también puede prepararse.
Cuando un grupo deja de creer...
Ya empezó a perder.
Aunque todavía falten veinte minutos por jugar.
Cuando un grupo sigue creyendo...
Todavía puede cambiar la historia.
Aunque el reloj marque el minuto ciento veinte.
Por eso un Seleccionador no reúne solamente talento.
Reúne convicciones.
Reúne liderazgos.
Reúne personalidades.
Reúne hombres capaces de sostener al compañero cuando el compañero deja de sostenerse a sí mismo.
Porque el talento gana partidos.
La unidad mantiene vivos los sueños.
Y la fe...
La fe termina sosteniendo a los campeones.
Y aquí, amigo lector, permítame salir un momento del fútbol.
Porque ésta ya dejó de ser únicamente una historia sobre Javier Aguirre.
¿Cuántos de nosotros seguimos esperando una segunda oportunidad?
Ese ascenso que nunca llegó.
Ese negocio que no se dio.
Esa reconciliación que dejamos escapar.
Ese proyecto que fracasó.
Ese momento que todavía sentimos que nos debe la vida.
La mayoría vive esperando que vuelva.
Muy pocos entienden que, mientras llega, existe una obligación mucho más importante.
Prepararse.
Porque las oportunidades no cambian a las personas.
Las oportunidades revelan en quién nos hemos convertido mientras las esperábamos.
Ésa, para mí, es la verdadera enseñanza que deja Javier Aguirre.
No esperó veinticuatro años.
Se preparó durante veinticuatro años.
Y cuando uno entiende eso, también comprende por qué hoy transmite una serenidad diferente.
No veo al técnico que quiere demostrar que tenía razón.
Veo al hombre que entendió que tener razón nunca fue lo importante.
Lo importante siempre fue tomar la mejor decisión para el grupo.
Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
El liderazgo también madura.
La humildad también madura.
La paciencia también madura.
Hasta los errores maduran... cuando decidimos aprender de ellos.
Por eso sigo convencido de que el rival más peligroso que enfrentará México no será únicamente el que tenga enfrente.
Existe otro mucho más difícil de derrotar.
La duda.
La duda rompe vestidores.
La duda divide grupos.
La duda convierte un pase sencillo en un error.
La duda hace que un futbolista deje de intentar aquello que ha hecho toda su vida.
Y ésa es la primera batalla que un Seleccionador debe ganar.
Antes de derrotar al rival...
Debe impedir que su propio equipo sea derrotado por la duda.
Por eso Javier Aguirre insiste tanto en la confianza.
Porque sabe que cuando un grupo cree de verdad, aparece algo extraordinario.
La fe.
No una fe ingenua.
No una fe basada en milagros.
Hablo de la fe que nace del trabajo.
Del esfuerzo.
Del sacrificio.
De la disciplina.
De la certeza de que cada hombre cumplirá exactamente con la responsabilidad que asumió.
Cuando el esfuerzo individual se transforma en compromiso colectivo...
La confianza termina convirtiéndose en fe.
Y cuando la fe se instala dentro de un vestidor...
Las individualidades desaparecen.
Nace una familia.
Y cuando una familia entra a competir...
Ya no juega únicamente por un resultado.
Juega por el hombre que tiene al lado.
Juega por quien dirige desde la banca.
Juega por una misma causa.
"Uno para todos... y todos para uno."
Ésa parece ser, hoy, la filosofía de Javier Aguirre.
No significa que vaya a ganar.
En el fútbol el rival también cuenta y juega su propio partido.
También ajusta.
También sueña.
También se prepara.
Y, algunas veces, simplemente es mejor.
Hay que saber reconocerlo.
Porque la grandeza no consiste únicamente en vencer.
También consiste en saber competir con dignidad cuando el adversario demuestra ser superior.
Sin embargo...
Hay algo que sí depende completamente de México.
No entregarse antes de tiempo.
No dejar que la duda gane el partido antes que el rival.
Y aquí regreso al principio de esta columna.
Hace veinticuatro años Javier Aguirre salió de un Mundial acompañado por dos decisiones que nunca pudo olvidar.
Hoy la vida le concede algo que muy pocas personas reciben.
La posibilidad de volver a encontrarse frente a una oportunidad semejante.
No para borrar el pasado.
El pasado jamás se borra.
Sino para demostrar cuánto ha crecido el hombre que tuvo que vivir con él.
Porque el tiempo, por sí solo, no corrige las malas decisiones.
Lo que las corrige es la persona en la que nos convertimos mientras el tiempo pasa.
Ésa es la verdadera enseñanza.
No solamente para un Seleccionador.
Para cualquiera de nosotros.
Todos hemos tomado decisiones de las que nos arrepentimos.
Todos hemos deseado volver atrás.
La vida casi nunca concede ese privilegio.
Pero cuando lo hace...
Lo único verdaderamente importante es llegar preparados.
Preparados para decidir mejor.
Preparados para confiar más.
Preparados para dejar el orgullo de lado.
Preparados para entender que la experiencia no consiste en cumplir años.
Consiste en no volver a cometer el mismo error cuando la historia nos ofrece una nueva oportunidad.
Dentro de escasos días sabremos si México continúa sobreviviendo.
Eso pertenece al fútbol.
Pero existe otra historia que también comenzará a escribirse.
La de un hombre que, veinticuatro años después, volverá a encontrarse frente a la decisión que marcó su vida.
Y muy pocas veces la historia tiene la generosidad de preguntar dos veces:
"¿Ahora sí estás listo?"
Tengo la impresión de que Javier Aguirre lleva mucho tiempo preparando esa respuesta.
Porque tomar una decisión nos lleva un instante.
Sus consecuencias pueden acompañarnos toda una vida.
Pero existe una diferencia entre un entrenador y un Seleccionador.
El entrenador puede olvidar una derrota.
El Seleccionador jamás olvida una decisión.
Y quizá por eso...
Los Mundiales no terminan cuando el árbitro hace sonar su silbato.
Terminan cuando el hombre que tomó la decisión consigue, por fin, reconciliarse con ella.
La gloria no pertenece al más brillante.
Pertenece al hombre que, después de equivocarse, nunca dejó de prepararse para volver a decidir.
Porque, al final...
Los Mundiales no solamente descubren Campeones.
También revelan seres humanos.
Y quizá ésa sea la enseñanza más profunda que nos dejan los grandes Seleccionadores.
Por lo pronto la primera cita con el destino es el próximo martes 30 de junio, contra Ecuador.
La historia dice que México debe superarlo, pero hay que enfrentar con seriedad y con el "cuchillo entre los dientes" al puro estilo del Vasco, pero sumando la Sabiduría de Javier Aguirre.
El martes ya no jugarán solamente once futbolistas.
Entrarán a la cancha todos los hombres de Javier Aguirre.
Los que preparan la estrategia.
Los que fortalecen la mente.
Los que sostienen el cuerpo.
Y los que, durante veinticuatro años, ayudaron a construir al hombre que hoy vuelve a encontrarse con su destino.
A partir de ahí... ya no hablará el pasado.
Hablarán sus decisiones.
Esperamos el mejor de los resultados (continuar con vida), aunque la vida les vaya en ello.
Mientras tanto nosotros...
VEREMOS Y DIREMOS
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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